lunes, 28 de diciembre de 2015

A la dama de hierro.

A la dama de hierro.

No es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva,
en el corazón que guarda protegido.

Ni la valía de los caballeros,
ni las destrezas del gentilhombre,
ni las delicadezas de las musas,
ni las palabras santas de las dulces damas.

Nada hay que traspase esa armadura,
nada hay que derribe aquel inmenso muro,
y es que su corazón no es un castillo basto,
sino una torre solitaria, una prisión, una jaula.

A veces la miro en cercana lejanía,
preguntándome si queda un ápice de algo,
una alegría oculta, un amor quizás lejano,
un as bajo la manga esbozando una sonrisa.

Y sin embargo no la encuentro.

La dama de hierro no es un libro abierto,
ni siquiera una historia trunca al borde de un final,
es solamente un momento detenido en el tiempo,
un final perpetuo aferrándose a la vida misma.

Y si pudiese yo salvarle...

Y sin embargo le temo yo a su furia,
a la gélida eternidad de su silencio,
a la ira completa de su palma abierta...
cuando el dolor al fin me alcance,

Tras la infructuosa aventura de robarle un beso.

Y es que no es la armadura,
ni la espada, ni el escudo,
sino el blindaje que en el alma lleva...

Mi amada, mi amante,
la mujer fundida bajo el hierro.

-A la dama de hierro-


martes, 22 de diciembre de 2015

Devuélveme la poesía.

Devuélveme la poesía. 

Devuélveme el verso, 
si no el verso, quizás la palabra, 
la conjunción de la misma en desorden, 
la imagen destrozada contra el piso. 

Devuélveme las ganas de escuchar las voces, 
la vocación de médium espiritual, 
de instrumento físico para la voz etérea, 
el sueño de las musas intangibles pero vivas. 

Déjame ser la pluma en el tintero, 
el doble opuesto de la hoja limpia, 
la mancha expresiva sobre el muro blanco. 

Devuélveme la poesía, 
la poesía si no tu corazón de hielo, 
el verso, si no tu amor añejo. 
La palabra y solo eso. 

Déjame asir de nuevo mi vocación antigua, 
la de amante mudo y a veces descarado, 
malagradecido, sí, pero en el fondo,  
enamorado. 

Quédate las horas, los meses y los años, 
arráncame cada gesto y cada frase, 
cada abrazo en la memoria del nosotros, 
cada verso moribundo que busca su existencia. 

Llévatelo todo como hace años, 
sin dejar ni un solo fragmento armado, 
arráncalo todo de mi piel ahora, 
sin piedad ni miedo alguno. 

Devuélveme la poesía,  
el amor, el desamor,  
las ganas. 

Vuelve a tu condena en el olvido, 
sin resentimientos, sin objetarme, 
sin amor, desde luego, pero sí, 
con esa sensación de que ya no te necesito. 

(De que somos libres al fin de alguna forma) 

devuélveme la poesía, 
aquella que florece verde y eterna, 
que me grita y me abraza, 
que me tortura y me golpea. 

Aquella poesía tan cálida y a la vez tan fría, 
tan perfectamente envolvente y ventajosa, 
tan efímera y distante.... 
 y a la vez cercana, como lo hubo sido alguna vez tu boca. 

Permíteme sujetarte por vez final, 
el último vals de la memoria del nosotros... 
Y robarte del recuerdo no un beso,  
sino la palabra y solo eso. 

La poesía en su estado puro. 

(…) 

Devuélveme el verso, 
si no el verso, quizás la palabra, 
la conjunción de la misma en desorden, 
la imagen destrozada contra el piso... 

Y la capacidad para rearmarla, 
sin ti, sin pensar jamás en un nosotros. 

-Devuélveme la poesía-