martes, 12 de marzo de 2013

Anatema.



Anatema.

I.

Aquellos que buscan en la piel
el abrigo de lo santo,
no encontrarán sino el lamento
de una desnudez forzada en vano.

La sangre espesa no se compara
(Jamás)
con aquella mancha que deja
la suciedad de las mil noches.
El llanto de los condenados.

II.

Mi cuerpo no evoca las fauces
de aquellos cuerpos sombríos
que urgidos de un mordisco…
Desgarren mis alas, me atrapen.

Tiembla mi halo bajo el peso
de un mundo henchido de sombras,
de sangre seca en el pecho y en las venas…
Corriendo a raudales, libertino, correcto.

Me asustan las horas solitarias,
más, ante todo, me asusta más…
aquella compañía efímera y triste
de una noche sin un brillo.

III.

Hay farolas apagándose despacio,
perdiéndose en la noche fría,
contaminadas con el desencanto
de esta joven vieja usanza que delira.

(Los vampiros nos carcomen)

IV.

Sobre mi cama reposa un ave
con su pico hurgándome en el pecho,
sus alas, extendidas siempre al infinito,
son como un campo de amapolas floreciendo.

En su plumaje cálido y nunca frío,
la blancura de su ser relumbra,
su cuerpo, que dicho sea es el mío…
nunca sufre dolorido ante la hambruna.

V.

A lo lejos la noche se lleva
los restos amargos de otra boca,
la creencia errónea que lamenta
el sentido frío aún entre la ropa.

No hay calidez en esta usanza,
solo un ego infame que deslumbra,
un hambre eterna, una tumba…
Y las ganas de morirse en otra almohada.

(Los vampiros… nos carcomen)


« Corpus meum, non est… »

 « Anathema »

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