martes, 12 de febrero de 2013

A Perenelle.



A Perenelle.

Habría cambiado todo el mercurio en oro
por solo un día de razón en el experimento,
por tener quizás, en algún momento,
la piedra en mano, el rojo, el fuego.

(La vida)

Pero en este mundo que se mueve raro,
que vive y que respira en la ironía, el cambio,
la muerte es, por ende, un intercambio,
la transmutación de la energía,
un cuerpo que sucumbe ante el sutil encanto.

La piedra roja que cura tantos males
no es sino historia perdida entre los libros,
un cuento de hadas disipado en ventanales
que sueñan con la vida eterna en el camino.

(Ilusos, todos somos ello)

Mis manos viejas se despiden poco a poco
disipándose en la disculpa de mí fallo.
Perenelle, mi esposa y confidente,
la alquimia…
se reúne contigo en tu descanso.

-A Perenelle-

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