sábado, 8 de diciembre de 2012

Amé.



Amé.

Amé tu beso aquella noche
cuando la luna pintaba el lago
y en tu beso mi vida se envolvía.

Amé tu boca, tus ojos y tus manos,
tu frente y cada poro de tu cuerpo,
tus pechos a la luz de luna, platinados.

Amé tus parpados y tu cabello,
cada uno de tus gestos,
el olor a flores… Y el verano.

Amé el viento cálido y los sonidos,
los gemidos de las ramas bajo el peso,
los grillos agitándose a distancia.

Amé también las horas murtas,
los minutos secos a lo lejos,
los segundos de tu tacto entonces.

Amé la noche y las estrellas,
el presente y el futuro,
el pasado perfecto e imperfecto.

Amé la distancia entre nosotros
y mis manos sujetando tus caderas.
Amé cada pliegue y cada borde.

La luna que nos cobijaba igual te amaba,
te amaba también lo inexistente,
el silencio, la sed total por detenerse.

Te amaba el viento al tacto de mis manos,
el suelo fértil que nos soportaba,
el verano de amor bajo el ocaso.

Y amé tu beso y tu cuerpo por entero,
tus piernas, tu pubis,
mi cuerpo entero con el tuyo tiritando.

Amé entonces que me amaras y existieras,
que fueses mía mientras se fundía la luna con el lago.
Amé tu boca, tus ojos y tus manos. Tus pechos platinados.

Que fueses mía en aquella noche de verano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario