miércoles, 21 de noviembre de 2012

Pequeñeces.



Pequeñeces.
(De mis edades tan confusas)

Hay una arruga más encendida cual vela
sobre esta piel ajada y ya madura.
No soy viejo, no, pero no soy más un niño.

Me anidan los años cuales viejos gorriones
cuyas alas cansinas ya no vuelan
y esperan solos a la muerte en un gorjeo.

No soy viejo, no, pero a veces…
A veces el mundo es demasiado joven
y me siento entonces como un viejo.

El espejo me mira buscando canas nuevas,
con una sonrisa en el rostro y ese brillo,
una burla más para este viejo insomne.

Lo se, me vuelvo polvo con el tiempo,
cenizas que se lleva el viento lejos
sin haber pasado siquiera por el fuego.

Hay calendarios esparcidos por mi vida,
hojas como alfombras en mi suelo…
Cuyo crujido es el semblante de mis huesos.

¿Qué tan viejo sos? –me preguntas.
83, 27, 92, 300… una de ellas cada día,
cada día un día menos a este viejo.

Mi corazón no son las olas
ni el viento de un tornado,
mi corazón es…

Mi corazón es la vela que se apaga,
la farola abandonada en una noche,
la flama engullida por el agua.

No sos viejo –me repites,
Calma y quieta como siempre,
hermosa y a la vez divina.

Y sí, no soy viejo, pero no soy tampoco un joven.
Me gritan entonces los eones que te suelte,
y que no te amarre más a mis edades nulas.

Sucede entonces que te miro tan bonita…
Que cada arruga de mi ser desaparece.
No sos viejo –me repites.
Y es al fin que puedo yo entenderte.

(…)

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