domingo, 11 de diciembre de 2011

Vendaje.

Vendaje.

Aprendí a ponerle una venda al corazón
e ignorar así sus gritos,
las quejas de un amor a medias
o el odio de aquello que nunca hubiste amado.
Me volví insensible a todo y me marché,
le di la espalda al sol y abracé las nubes grises
mientras el cielo se teñía de otoños rotos
bajo la hojarasca muerta de un zapato agónico.

Era media noche en algún lugar del mundo,
la luna salía insomne y silente,
el viento gélido congelaba las palabras…
y tú y yo ya no existíamos en nuestros labios.

Recuerdo una vieja herida bajo el tórax,
una primavera de mangas largas y guantecillos
cuando los sueños se agitaban cual luciérnagas,
brillantes y hermosos, pero falsos y mortales,
tan maravillosamente vanos como tu nombre
y tan hirientes como pequeños cuchillos afilados.
Era entonces un invierno disfrazado,
un recordatorio a futuro de todos mis errores.

Vestí mi traje de etiqueta caro,
el smoking negro de las decisiones tomadas
que nunca dejan espacio a las dudas probables,
pero a veces… dudar es la mejor vestimenta posible,
así pues, yo era un payaso en tu circo de informalidades.

Tomé tu beso entre mis manos desnudas
y tu cuerpo en la memoria del olvido,
pero olvidar no era decir sino hacer…
y aún amando no te supe olvidar.
Eras verano de fuertes soles, tormenta de amores,
primavera de mariposas, otoño de flores…
invierno de amor eterno y falsedad,
una venda en los ojos, un final pa’ no olvidar.

Y blindé mi pecho para no sentirte,
para curarme las heridas de tu nombre,
del sabor y el tacto de tus labios y sus besos,
de las promesas rotas y mentiras dichas.
le puse una venda al corazón…
y me volví vendaje ante tus ojos y los míos.

-Vendaje-

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