lunes, 26 de septiembre de 2011

Y no existo.

Y no existo.

Hoy no existo,
soy ajeno al mundo y nada tengo.

No me duelen las estructuras
ni los nudillos rotos
o si quiera las caricias.

No existo más,
y sin embargo...

Sin embargo me muevo, respiro,
me equivoco y me devuelvo,
me desvisto y al final me escondo.

Soy inexistente y a pesar de todo existo,
sin dolor ni temor a la misma muerte,
acurrucado en mi esquina rosa,
carente de sentido, pero vivo y azorado.

No existo, no soy nada pero a la vez soy algo,
quizás la materia negra, la tonta partícula de dios.
Quizás la oveja negra, quizás sí, pero también y quizás no.

Mi cabeza da vueltas en su anonimato,
escurridiza como siempre, impropia, impía,
tan sucia como todo y a la vez tan limpia,
tan ajena y efímera como mi cuerpo.

Soy la sombra del pasado, un eco inexistente
sobre la trama de un futuro muerto que se asfixia
ahí, entre tus manos y tus dedos.

Soy inexistente en el hueco de tu pecho,
pero es entonces en esta inexistencia que pregunto:

Si nunca hube yo existido en tus adentros…
¿Por qué es que lloras en silencio por tu amor?

Y no existo porque tú lo quieras,
sino porque yo mismo decidí…
a tu boca misma confiarle la razón.

-Y no existo-

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