lunes, 19 de septiembre de 2011

Travesía de dos amantes burdos.

Travesía de dos amantes burdos.

Y ella se movió por las veredas,
por los desiertos de fuertes soles.
Sin agua, pero con pereza,
con hambre de olvidar su nombre.

Era la luna su refugio fulgurante,
un oasis de paz en la tristeza,
y en la tormenta de fina arena…
un hombre posaba su estandarte.

Bandera blanca de paz y de armonía,
una promesa vieja en otro rostro,
el recuerdo de una rosa ya marchita,
los amores que se fueron al haberse roto.

Era el viento entonces melodía,
las infames voces del recuerdo vivo
o quizás el llanto contenido de una dama.
Era quizás… el tic tac de un reloj sin manecilla.

Yo la vi sentada en una duna,
con los ojos llenos y a la vez vacíos,
solitarios como dos estrellas en el cielo,
apagados como lo eran a su vez los míos.

La tomé de la mano en la distancia,
sin un roce, pero si con la presencia,
con la complicidad de los amores rotos,
con los deseos pendientes en ausencia.

Era de noche,
noche fría de suave embrujo,
apagada como todas, pero viva,
ardiente en la piel de los amantes,
abotonada en la camisa de un engaño mutuo.

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