lunes, 17 de mayo de 2010

Adiós.

Adiós.
(Acerca del verbo olvido y su no olvidar)

Cuantas veces hemos dado vueltas
en aquel circulo de fuego y furias,
ahí donde mueren los te amos
y renacen sin cansancio los adioses.

Los amores ya se desangran en una esquina
vacios de buenos ratos y llenos de nada,
caminan despacio a su despedida…
mientras el tiempo les acaricia las manos
en un intento fallido por sanarles el alma.

No queda nada,
todo se esparce…
y se olvida despacio.

He visto las laderas de una calle
cobijando entre ellas vagabundos,
aguardando entre cartones viejos
algún producto de una no existencia
que existe o existió de forma previa.

¿Donde muere el amor y comienza el olvido?
quizás en la palma de tu mano mientras se agita
en una última despedida cual paloma al fuego
que se calcina retorciéndose sin emitir sonido.

Nos queda tal vez una palabra entre pecho y espalda
que jamás escapa de su sitio pues se sabe inútil
y por ello mismo apresura la pala a su tumba en el tiempo.

Este soy yo mirando a un espacio vacío
donde antes habitaba tu nombre y ahora el silencio,
un espacio tan nuestro que ahora no es sino un sinónimo…
de algún lugar que alguna vez perteneció a alguien que amó con el alma.

¿Será que realmente el final es el final?
sí y no, quizás un poco de ambos o la nada en los dos,
quizás... el final no es sino una palabra más
de esas que adornan situaciones indescriptibles
como cuando al mirarla a los ojos las flores renacían
y las mariposas se dejaban sentir en la boca del estomago.

Quizás, quizás y quizás,
todo… se reduce a los tal vez.

Me pregunto cuantas horas se requieren para la amnesia
o para ese pseudo-olvido que llaman sanar la herida,
me pregunto… si es verdad que existe un mañana sin ella
cuando ella estará por siempre descansando en el pecho.

No, no hay olvido
ni paz, ni mañana,
todo es el ahora…
y el ahora a futuro.

Queda tiempo pero no a favor
ni mucho menos para olvidar,
sino para sufrir-te en silencio
donde las horas son repeticiones
de un todo que se fue al carajo.

Y así… no es enterramos la daga y decimos adiós
agitando las manos como palomas al fuego
despidiendo a las mariposas durmiendo eternamente
en la boca del estomago bajo el afamado verbo olvido.

-Adiós-

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