domingo, 22 de noviembre de 2009

Nuestro cuento incontable.

Alicia y yo.

Ante mis ojos Alicia la pequeña
siempre corriendo tras su blanco conejo,
con el tiempo entre las manos…
Creciendo.

…Envejecemos.

En mi mente…
Alicia más añeja y más madura
sonriendo al tiempo y de lado a lado,
como una niña que juega y una mujer que coquetea.

Y yo…
Entre hongos y gusanos fumadores de pipa…
viéndola jugar conmigo en su pícaro mirar.

Yo persiguiendo su blanca piel de un lado a otro,
corriendo veloz por todas partes y con prisa,
deseando las cartas sobre la mesa…
O simplemente deseando sus piernas sobre de ella.

Jugándonos una mano entre corazones y espadas
apostando su mirada de diamantes…
Contra mi suerte de tenerla en un trébol.

Alicia perdida en las maravillas de una caricia…
Sobre la mesa del té, país de nadie,
reposando su cabeza…
Sobre aquel viejo lirón y su pereza,
con un sombrero por vestimenta…
Y yo lamiendo de su cuerpo la melaza sobre ella.

Nosotros… pintando rosas de distintos colores
en jardines de la reina de corazones,
de florando fantasías entre flamencos y peones…
De un absurdo juego de croquet.

Viajando en grifo y visitando tortugas falsas,
sazonando con pimienta cada acción y estornudando…
por entre las moralejas de una vieja fea nuestro amor.

Alicia bebiendo a sorbos de su botella mi pasión,
arrinconando una sonrisa diáfana de quien la goza,
Alicia con la cabeza ya perdida…
En el éxtasis de nuestra incontable relación.

Y yo…
Perdiendo la mía entre su pecho,
y de paso perdiendo la razón.

Rompiendo entre los dos los cerrojos,
de las perversiones en el fondo del baúl.
Somos ambos satisfactoria perversión,
ella retorciéndose en mis brazos,
yo acariciando su cabello en mi tentación.

Consumiendo fragmentos de osadía
en cada beso derramado sobre su espalda,
es Alicia la que grita, es Alicia la que canta.

Y al final…
Nos vamos sobre la sonrisa del gato en un paseo,
desapareciendo poco a poco de nuestro privado cuento
ante los ojos de la reina que urge…
Que nos corten la cabeza a los dos.

Y al final…
Entre sollozos desinhibidos y lágrimas verdaderas,
nos ahogamos Alicia y yo en los mares
de este ahora contado cuento incontable.

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